
Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un plan de pura bondad creó libremente al hombre para que participara en su propia vida bienaventurada. Por esta razón, en todo tiempo y lugar, Dios se acerca al hombre.
Él llama al hombre a buscarlo, a conocerlo, a amarlo con toda su fuerza.
Él reúne a todos los hombres, dispersos y divididos por el pecado, en la unidad de su familia, la Iglesia.
Para realizar esto, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo como Redentor y Salvador. En su Hijo y por medio de él, invita a los hombres a convertirse, en el Espíritu Santo, en hijos adoptivos suyos y así herederos de su vida bienaventurada.
Este principio fundamental, tomado del Catecismo de la Iglesia Católica, sirve como fundamento de todas nuestras creencias. Fuimos creados para conocer, amar y servir a Dios.


