Uno de mis mayores miedos siempre ha sido terminar como mis padres. Crecí con mi mamá rodeado de una cultura de drogas. Cuando estaba en la escuela secundaria ella fue a la cárcel. Mi abuela, a quien apenas conocía, me llevó a Florida.
Comencé a culparme a mí mismo por lo que mi mamá pasó y así mi abuela comenzó a obligarme a ir a Santo Domingo. Fue allí donde mi vida comenzó a cambiar.
En un retiro conocí a personas que me amaban, me levantaban y hacían que me sintiera parte de su familia. Llegué a darme cuenta de que no soy solo un producto de mis padres porque soy amado por Dios quien me hizo suyo y me ama en medio de mi quebranto.

