Cuando tenía aproximadamente 9 años, mi madre falleció después de una batalla de un año contra el cáncer. Entendía que mi madre se había ido, pero no comprendía las repercusiones que ese evento tendría en mi vida en los años venideros.
Más adelante, en la secundaria y la preparatoria, comencé a lidiar con muchos problemas de ira. No sabía de dónde venía esta oscuridad.
Como adolescente, tuve un arrebato de ira, salí corriendo de la casa y comencé a preguntarle a Dios de dónde provenía toda esta ira. Preguntándome si Dios estaba siquiera ahí.
Y en ese punto más bajo miré y vi a mi papá caminando hacia mí con una mirada sincera de amor y perdón. Puso su mano sobre mí y me dijo que me amaba, y no sabía que estaba lidiando con todo esto.
En ese momento vi el rostro de Dios Padre mirándome a través de los ojos de mi padre. Sin importar lo que haga, qué tan furioso me puse, cualquier herida que tenga, cualquier amargura que estuviera ahí, Él reafirmó que me ama no a pesar de todo eso sino a través de ello.

